Te fuiste volando con las alas que te crecieron al olvidar lo que tenemos. Te fuiste volando como el aire, que se te escapa entre los dedos sin poder retenerlo. Te fuiste volando, y yo me quedé aquí en la piedra de la entrada del pueblo entre romero y olivos. El aroma del romero disimulaba el olor a fracaso que desprendía mi corazón. Volaste porque quise que fueras libre. Pero me heriste porque no escuchaste mi dolor. Porque no viste que te abrazaban mis venas, y al volar las arrancaste haciendo este jirón en mi corazón que aun tengo abierto y se me infecta. Sentiste la lástima de verme llorando y, sin entenderme, con las frías manos de tus dudas me intentaste tocar el corazón y lo congelaste. Ese hielo hizo témpanos que se clavaban en mi interior, que me mataban, que me asfixiaban y que me hizo dejar de ser yo. Volaste porque no quise retenerte. Volaste porque te amaba. Y las mentiras que decías para poder alzar el vuelo, asesinaban mi alma. Me culpaste de quererte, de no olvidarte, de entenderte e incluso de sacrificarme por ti. Me culpaste de ver más allá de las apariencias. Me culpaste de amarnos. Me culpaste de ser yo. Y convertida en una nube mi alma, derramaba sus lágrimas sobre una copa que tú quisiste beber. Amargas lágrimas que causan un dolor inhumano. Y se hirieron tus alas, condicionándote el vuelo. Jamás me escuchaste para entenderme, siempre me escuchaste para contestarme. Y desde allá arriba en tu vuelo, me recordabas mis errores, los verdaderos y los inventados, y tus carencias, las verdaderas y las inventadas, para justificar que no eres golondrina ni yo jamás tu primavera. Diciéndome que en otoño, nuestro corazón caduco fue perdiendo las hojas que le hacían respirar hasta quedar desnudo al caer la última. No me duele que vueles en libertad, me duele que lo hagas sin saber lo que dejas atrás. Que no veas que el día que te buscabas a ti, me encontraste. Que no veas que el día que me busqué a mí, te encontré. Que mi vida es un cúmulo de equivocaciones, pero tú fuiste mi más grande acierto. Por eso, ahora que te marchas, me dejas medio muerto. Porque en lugar de llevarte tu recuerdo, te llevaste los abriles en tu vieja maleta de piel, de piel de mi corazón. Porque tuviste que decidir qué cosas te llevarías, y en lugar de elegirme a mí, te llevaste mi vida. Y vivo la agonía de tu oscuro despertar, que para alzar el vuelo, me tuviste que matar. Si hubieses descubierto que siempre te he entendido, que visité las habitaciones más escondidas de tu alma y quería tu felicidad… Si hubieses descubierto que no era tu enemigo, tu vuelo hubiera sido dulce y agradable. Si hubieses descubierto que para ser uno mismo has de dudar de ti, tus pensamientos no hubieran chocado con la realidad. Te hubieras posado en mi mano, me habrías sonreído, y al alzar el vuelo, me hubieras lanzado besos de miel para reconfortar mi corazón. Pero te fuiste volando sin darme el abrazo sincero que esperaba. Y al intentar quitar esta espina que llevaba en mi corazón, este se convirtió en un manantial de sangre donde iba disuelta mi alma. Ojalá algún día entiendas mis palabras, ojalá algún día entiendas lo que viví, ojalá vinieras a cerrar esta herida para que el precio de tu vuelo deje de ser mi muerte interior. Te fuiste volando con las alas que te crecieron al olvidar lo que tenemos. Te fuiste volando como el aire, que se te escapa entre los dedos sin poder retenerlo. Te fuiste volando, y yo me quedé aquí en la piedra de la entrada del pueblo entre romero y olivos. El aroma del romero disimulaba el olor a fracaso que desprendía mi corazón. Volaste porque quise que fueras libre. Volaste porque te amaba de forma pura a pesar de mis heridas.

Zaït Moreno, 8 de marzo de 2015