A todas las madres que lo fueron,
a todas las madres que lo son,
a todas las madres que lo serán.

Gracias, bendito vientre el vuestro por albergar la magia de convertir poesía en materia viva. Gracias por ser el aliento que, como el viento, empuja las velas para navegar por el mar de la vida. Vuestros volcanes de lava blanca nos alimentan el cuerpo. Vuestras dulces palabras nos alimentan corazón y espíritu. Nos regaláis el escudo protector de vuestros brazos que, como parras en nuestro torso, nos enredan en un abrazo. Bebéis nuestras lágrimas y, al llegar a vuestro corazón, brotan por él, con una entrega pura y desinteresada. Sois la diosa. Sois la rosa. Sois el hada.

Gracias, por ser conductoras de vida, por ser seductoras de energía, por ser nuestra conexión con la Madre Tierra. Gracias por ser la Maestra que nos enseña a ser humanos. Vuestro cuerpo entregado y sacrificado en una muerte simbólica para crear una vida en vuestra órbita. Alegrías, tristezas y pesadumbres por ser vosotras nuestra lumbre que da calor e ilumina nuestros pasos. Santidad instintiva de naturaleza primitiva, Maestras de amor, compasión y dedicación. Vuestro yo renunciado, para decir “nosotros” e iluminaros como una luciérnaga o el más brillante faro.

Gracias, por ser el horno divino donde Dios genera la vida. Gracias por ese amor sin medida. Gracias, mujeres, por ser el Sol de nuestros días. Gracias por ser madres con esa entrega bendita.

Zaït, 3 de mayo de 2015