Habréis oído muchas historias vivenciales de esos seres mágicos que tienen el poder de crear vida en su seno: la mujeres. Relatos de cómo fue ese día en el que hicieron el sacrificio de entregar parte de ellas para hacer un todo de otro ser. Ese día en el que culminaban nueve meses de creación, y que ellas viven como una muerte y resurrección que las transforma, mientras se separan de esa minúscula persona que creció en su interior.

Por favor, acepta las cookies para ver este video. Aceptándolas, tu tendrás acceso al contenido de Youtube.

Política de privacidad de Youtube

Si aceptas, tu opción será guardada y la página se recargará.

Seguro que habréis oído experiencias buena y malas, de acompañamiento y de soledad, de partos respetados y patriarcalizados, de cesáreas programadas, episiotomías, método madre canguro,… Hoy quiero hablaros de algo que igual no habéis oído tan a menudo. Hoy quiero hablaros de nosotros, de aquellos seres que, aunque también necesarios para originar dicha magia, somos meros acompañantes en ese viaje gestacional. Pero, no por ello, deja de marcarnos y transformarnos.

Hoy hace once años que viví una experiencia única. Nos despertamos, aquel caluroso 27 de agosto, y preparé el desayuno después de que Naïm, mi hijo mayor, acabara de mamar. Él tenía dos años y medio, y estaba deseando que llegara su hermana. No recuerdo cuando salía de cuentas su madre, ya que esta vez me relajé y no quería vivir ese regalo mirando continuamente un calendario. Pero aquella mañana, estaba mucho más movida de lo habitual. Llevaba algunos días un poco dilatada y me pidió que comprobara cómo estaba. La partera me enseñó cómo saber qué dilatación tenía en cada momento, y así poderla avisar cuando llegara la hora. Habíamos decidido que Iris nacería en casa porque un exceso de oxitocina sintética le provocó una taquicardia a Naïm en el hospital que hizo peligrar su salud. Por ello queríamos que su madre y la naturaleza marcaran el ritmo de la vida; que Naïm pudiera estar presente; devolverle ese papel de acompañamiento a las parteras, y de protagonismo a la madre y a la criatura, no al personal médico.

Recuerdo que aquella tarde había una cabalgata porque eran las fiestas del pueblo donde vivíamos. Así que me puse por la mañana a hacer las actividades con Naïm. Por aquel momento estaba iniciándose en la lectoescritura y también estudiábamos el desarrollo de las plantas. Me imagino que lo primero que hicimos fue salir al balcón, comprobar el crecimiento de ese día, constatarlo en nuestro panel donde apuntábamos en qué fase se encontraban, y que le dejé sus veinte minutos de televisión. Pero, si os digo la verdad, lo que pasó después eclipsó todos esos recuerdos. En mi mente solo queda la sensación, tanto mía como del chiquillo, de sentir cómo se iba acercando el momento.

Mientras, su madre descansaba; tenía contracciones, y había encontrado en la habitación ese espacio de soledad que durante toda la evolución han buscado las hembras mamíferas cuando sabían que llegaba la hora. Le insistí para que se quedara en casa e irme yo con Naïm a la cabalgata y así poder descansar ella, pero no quiso. Aún recuerdo cómo saltaba, con contracciones, a coger caramelos y juguetes que lanzaban las carrozas. Pero, al volver a casa, las contracciones cada vez eran más seguidas y dolorosas, y me pidió que llamara a la partera. En un momento, estaba allí, con una ayudante y su hija. Estaba muy cerca el momento, pero no era inmediato. Así que fueron a cenar para darle tiempo a que acabara el proceso de dilatación natural. Cuando volvieron, ya estaba preparada.

Puede ser que esperaseis que os contara desde este momento. “Todo lo demás no es el parto”, dirá alguien. ¡¿Cómo que no?! Este proceso empezó el día en que imaginamos ser padres y continúa después de dar a luz. Pero he de reconocer que las horas que os voy a relatar fueron, sin duda, algo realmente mágico que jamás debería haberse perdido.

Lo que más me emocionó fue ver esa armonía natural que se generó al devolver a la mujer su papel protagónico en la vida. Sí, porque son ellas y no nosotros quienes generan y sustentan la vida; porque no podemos vivir ni sentir si marcamos lo femenino con el ritmo de lo masculino; porque era pura poesía escrita en átomos minúsculos transformando a una mujer que generaba vida, una mujer a la que le daban la vida y otras dos mujeres acompañando en ese espacio tan íntimo y tan ancestral. Así que Naïm y yo nos mantuvimos en un segundo plano, ofreciéndonos a ayudar, pero sin intromisión. Él, que había visto un par de vídeos de partos para saber qué era lo que iba a suceder allí, iba diciendo a cada momento qué sucedería: “ahora se le verá la cabeza”, “ahora saldrá la teta” (teta es “hermana” de forma afectiva en valenciano),…

Estuvimos en el salón, pero no podíamos jugar. Ese olor a vida y esa ilusión, nos impedía hacer otra cosa que no fuera hablar sobre ello. Cuando nos permitieron, volvimos a la habitación para ser partícipes del milagro de la vida. Me pidieron que ayudara sosegando a su madre y, mientras, él saltaba y daba volteretas en la cama diciendo: “¡ya está aquí la teta! ¡ya está aquí la teta!”. Pidió tener el honor de ser quien le diera su primer beso, cosa que su madre le concedió. Vimos como iba deslizándose lentamente la cabeza y, de repente, salió todo el cuerpo como un cohete. Parecía que tenía ganas de salir pronto. Ya era el día veintiocho, las dos de la madrugada. Mientras su madre la cogía en los brazos, Naïm dejó de brincar y vino a regalarle ese beso que prometió. Se paró; miró a su hermana; vio esa grasa (vérnix caseosa) y restos de sangre que le cubrían la piel; y dijo: “bueno, el beso ya se lo doy cuando la limpien”. Aún recuerda esa anécdota. Al poco, el cordón dejó de latir y me pidieron que lo cortara. Al hacerlo, me dolió el chakra del corazón y el del plexo solar, sentí que le marcaba el paso de separación de su anterior estado. En esa milésima de segundo, comprendí mi función biológica. Esa que más tarde repetiríamos en cada fase de evolución que ha ido teniendo; cortando un cordón umbilical imaginario en cada una de ellas, para marcar una nueva etapa; acompañando y aprendiendo lo mismo o más que iba aprendiendo ella.

Esta es mi humilde experiencia. Imaginad, chicos, si dejáramos a la vida ser vida en todos los ámbitos; si solo escucháramos; si simplemente viviéramos cada instante sin intentar controlarlo. ¿Empezamos?

Zaït Moreno

Más vídeos: zait.es/yt
Podcast: zait.es/podcast / Google Podcast / iTunes / TuneIn / iVoox